¡Nuestra mayor aventura!

¡Hola! Si estás leyendo esto….
Es porque eres una persona importante para nosotros. Pero antes de que la cuenta atrás de arriba llegue a cero y nos veáis dar el «sí, quiero», queremos recordaros cómo hemos llegado hasta aquí.
Nosotros siempre decimos lo mismo: si algo tiene que salir mal, nos tiene que salir mal a nosotros. Es como nuestra marca personal. Si hay una barbacoa que termina con una furgoneta de la policía y los bomberos, un templo griego que resulta ser un invento del siglo XIX, o una excursión «para niños» que parece una etapa de supervivencia… ahí estamos nosotros, en medio del caos. Pero da igual la magnitud del desastre, porque sabemos que nos tenemos el uno al otro para salir juntos de cualquier apuro.
Y es que, entre multas por dejar una calle limpia y el miedo a los peces del Amazonas, lo que siempre ha funcionado a la primera y sin errores es lo que sentimos. Al final, nos hemos dado cuenta de que si nos tiene que pasar de todo, lo único que importa es pasarlo juntos.
Cógete lo que necesites, un cafe, un te o una cerveza y lee, que nuestra historia no tiene desperdicio
Como hemos llegado hasta aquí…

Nos habíamos conocido por una aplicación de citas y ya llevábamos un tiempo hablando y ligando cuando por fin cuadramos para vernos en persona. El empujón final fue el 24 de febrero con un mensaje por la mañana: «¿Hoy nos vemos?». Quedamos por la tarde después del trabajo de Ivie.
Nos vimos al lado de la calle Alfonso y nos fuimos directos al Bula, en el Tubo, a tomar algo. Allí Alfonso descubrió una de las tapas que más le gustan a Ivie: el sándwich de trufa. Entre bocado y bocado, los nervios del principio se fueron pasando.
El paseo de después nos llevó hasta el Puente de Piedra, y ahí cayeron nuestros primeros besos. Ivie estaba súper nerviosa, mirando de reojo todo el rato por miedo a que nos viera alguno abuelo de paseo.
Después de aquella primera cita en el Bula, Alfonso desapareció del mapa y le estuvo haciendo «ghosting» a Ivie durante al menos un mes.
La historia podría haberse quedado en nada, pero menos mal que Ivie insistió. Gracias a que ella no lo dejó pasar y siguió ahí, volvimos a quedar.
A partir de ese momento todo fue súper bien, nos dejamos de tonterías y la cosa empezó a fluir de verdad. La prueba de que ya íbamos en serio es del 17 de abril del 2021, el día que nos hicimos nuestra primera foto juntos.


Entre abril y junio del 21 la cosa ya cogió velocidad y nos volvimos inseparables. Alfonso empezó a plantarse en la casa de Ivie, en Rufas y sin darnos cuenta ya estábamos haciendo mucha vida juntos. Fue en esa época cuando a Ivie le tocó empezar a lidiar de verdad con el sentido del humor de Alfonso.
Alfonso le toco afrontar los retos de como debían ser las excursiones con Ivie, debía haber un incentivo mas allá de caminar, por ejemplo, hasta la Alfranca.
También tocaron las primeras pruebas de fuego: Ivie fue conociendo a los amigos de Alfonso. Aprovechamos la boda de unos amigos muy cercanos para hacer las presentaciones oficiales, todo fluyó de maravilla. Para cuando celebramos los 30 años de Alfonso en mayo ya estábamos perdidamente enamorados.
Aquel verano fue nuestra primea prueba de fuego viajera. Empezamos suave con nuestra primera escapada a Tarragona, pero el plato fuerte fue el viaje largo por Grecia.
Nos quedamos sin palabras con lo precioso y espectacular que era Kalambaka, con esos monasterios suspendidos en las montañas, y a la vez nos chocó muchísimo lo sucia y caótica que nos pareció Atenas.
Fue en este viaje donde Alfonso aprendió lo que son los «pilipeos» para Ivie.
Pero el momento de tensión llegó en Creta, visitando el Palacio de Knossos. Allí tuvimos nuestra primera gran pelea. El primer asalto fue porque Alfonso compró un desayuno que nos costó un ojo de la cara. El segundo, porque no hacía más que beberse las botellas de agua en los restaurantes y era incapaz de beber antes de entrar en ellos, tirando el dinero.
Nos quedó grabadísimo Knossos: resulta que el famoso Templo del Minotauro es, básicamente, un teatro montado por un inglés que se inventó y reconstruyó las ruinas a su gusto. Acabamos de risas al darnos cuenta de la tremenda película que se había montado el inglés.


De septiembre a Navidad del 21 la cosa fue a toda velocidad. Empezamos a tachar de la lista unas cuantas «primeras veces» muy importantes: celebramos el primer cumpleaños de Ivie juntos y nuestras primeras Fiestas del Pilar.
Pero el paso de gigante llegó porque a Ivie le denegaron una beca lo que resulto en pensar volver a Brasil y nos entró muchísimo miedo de que la distancia nos acabara separando. Así que no nos lo pensamos más: dimos el salto, nos hicimos pareja de hecho y Alfonso se mudó oficialmente a Rufas a vivir juntos del todo.
Y claro, con la convivencia 24/7 llegó la realidad sin filtros. Ivie tuvo que empezar a lidiar con el repertorio sonoro completo de Alfonso: los ronquidos, pedos traicioneros, sus… «ruidos de amor» resonando por las paredes de la casa.
Fue también cuando Blue empezó a conocerle de verdad. Ganarse el visto bueno de la dueña peluda de la casa, a pesar de los ruidos, fue el último sello que faltaba para consolidar esta familia.
Pasadas las primeras Navidades juntos, nos fuimos haciendo a la convivencia y a la rutina. Rufas ya se sentía como nuestro hogar al cien por cien.
Fue una época de asentar costumbres: Alfonso por fin consiguió hacer su primera paella decente. En el piso teníamos una piscina, pero no sabemos como, se fue volando de nuestra terraza. Una tarde estaba y al día siguiente no.
Ya en mayo del 2022 nos escapamos juntos a Granada, y también hicimos de guías turísticos llevando a la familia de Ivie a visitar el Castillo de Loarre. En agosto tocó cambiar de aires y poner rumbo al norte; hicimos un viaje genial a Cantabria donde Alfonso se encargó de enseñarle a Ivie rincones espectaculares como la Laguna Negra y los Picos de Europa. Ahí Ivie hizo un intento de pedirle la mano a Alfonso.
Al volver en septiembre nos picó el gusanillo. Empezamos a mirar opciones y a tantear la idea de comprarnos nuestra propia casita, un lugar que fuera nuestro del todo. Sabíamos que el proceso iba para largo y que aún tardaríamos en tener las llaves en la mano, pero no estábamos preparados para lo que se venia…


En noviembre de 2022 cruzamos el charco poniendo rumbo a Brasil por primera vez para Alfonso. Era un viaje súper especial para conocer las raíces de Ivie, aunque la selva recibió a Alfonso por todo lo alto. Al tomarse las pastillas para la malaria le dio mucho dolor de cabeza y el mal humor los primeros días. Además, con buenos motivos, Alfonso le tenía un pánico al candirú (ese famoso pececito que dicen que se mete por el pito al orinar en los ríos), mientras que Ivie como es habitual hacia pis en todos los sitios.
Pero, dolores de cabeza aparte, la experiencia fue brutal. Nos bañamos en la selva, probamos muchísimas cosas de su gastronomía y Alfonso hasta se atrevió a comer hormigas.
A la vuelta, la maquinaria de nuestro futuro se aceleró. Como ya teníamos claro que queríamos comprar la casa y que iba a estar más lejos de Zaragoza, en marzo de 2023 dimos el paso de comprarnos nuestro propio coche. Antes de eso íbamos de patinete a todos los lados.
En abril nos fuimos de ruta por Salamanca y Lisboa. Toda esa espera y esos preparativos culminaron en una fecha: el 22 de mayo de 2023. Ese día, por fin, metimos la llave y cruzamos la puerta de la que sería nuestra casa. Nuestra casita propia, del todo.
Una vez con las llaves en la mano, nos pusimos manos a la obra para dejar la casa a nuestro gusto. No fue un camino de rosas, pero lo hicimos juntos.
Empezamos las reformas por el cuarto, para tener por fin nuestro refugio, y de ahí saltamos al lío de la cocina.
En octubre conseguimos otro hito para que la casa fuera nuestra del todo: nos instalaron las placas solares. Parecía que todas las piezas del puzzle de nuestra nueva vida estaban encajando por fin.
Sin embargo, al llegar el final de año, la alegría de la casa nueva se topó con un muro. Veíamos que el embarazo no llegaba y empezamos a darnos cuenta de que algo pasaba.
Ahí fue cuando arrancó nuestra verdadera odisea: el proceso de fertilidad. Lo que tendría que haber sido un acompañamiento se convirtió en una lucha contra los «canallas» del servicio público de fertilidad. Fue un final de 2023 agridulce, donde la ilusión por el hogar se mezcló con la rabia y el inicio de una batalla que no esperábamos tener que dar. Ivie le dio el empujón final a la tesis con su estancia de doctorado a finales de año.


Empezamos el 2024 combinando las dos cosas que mejor se nos dan: hacer la casa nuestra y no parar de viajar. En febrero nos escapamos a los impresionantes Mallos de Riglos, y en marzo, por fin, Alfonso terminó la cocina. Con los deberes hechos, en abril volvimos a Olite (un sitio que a Ivie le fascina) y en julio seguimos la ruta gastronómica: Ivie conoció el que se ha convertido en su restaurante favorito, en Pano.
Pero el momento cumbre del año llegó en agosto, en nuestro viaje a Morella y Peñíscola. El 20 de agosto Alfonso insistió, y según Ivie, le engaño, para hacer una excursión, y madre mía… Ivie se pasó todo el camino quejándose y refunfuñando. Estaba cabreadísima porque lo que ella quería era estar tirada en la playa con un buen mojito en la mano, no pegándose una caminata al sol.
Al final acabamos en la Cala Serradal, totalmente perdidos de todo y solos. Nos metimos en el agua y ahí fue cuando Alfonso sacó el as que tenía en la manga: le pidió matrimonio. Como por arte de magia, a Ivie se le borró el cabreo de golpe y se le olvidaron los mojitos y las caminatas.
Con el subidón del compromiso, seguimos la ruta hasta Valencia. Nos lo pasamos genial, aunque tuvimos nuestro momento de indignación: nos pegaron un timo histórico en el restaurante del Oceanogràfic. El cabreo de Alfonso fue tal que dejó una reseña pésima en Google que todavía sigue ahí para la posteridad. Pese a todo, el viaje valió la pena y nos llevamos otra «primera vez» para la lista: Ivie probó la carne de conejo.
En noviembre del 2024 sumamos otra mudanza familiar: Maca y Edna, los padres de Ivie, entraron por fin en la que ahora es su casa, y ahí estuvimos nosotros arrimando el hombro para ayudarles en todo.
Y ya que estábamos en modo hogareño, en diciembre decidimos colocar por primera vez luces de Navidad en nuestra fachada. Lo que no sabíamos es que Alfonso estaba creando un monstruo: aquello fue solo el principio de una tradición que hizo que, en los años siguientes, nos convirtiéramos en la casa más iluminada de toda la zona.
Con el año nuevo, seguimos sumando destinos.Ya en el enero de 2025 nos escapamos a Cuenca, un sitio que a Ivie le enamoró por completo y del que volvió con unas ganas locas de repetir.
En junio, la ruta nos llevó al Monasterio de Piedra, y en agosto… bueno, en agosto tuvimos uno de los «episodios montañeros» más míticos.
Fuimos a Ordesa a hacer la ruta de la Cola de Caballo. El problema fue que Alfonso le vendió a Ivie que era una «excursión de niños» y súper fácil. La realidad fue que Ivie sufrió muchísimo y se pilló un enfado monumental, quejándose y protestando mientras veía, efectivamente, a niños pasando corriendo por su lado. A pesar del sufrimiento, lo dio todo y consiguió llegar.
Para compensar la paliza de Ordesa, a finales de agosto nos fuimos al Delta del Ebro, esta vez en familia: con los padres de Ivie, su hermana, hartándonos de ver arrozales y de comer arroces espectaculares
Pero no todo en esta época fueron viajes y luces. Tuvimos que hacer frente a un golpe muy duro: dimos por acabado definitivamente el proceso de fertilidad por la sanidad pública, y sin éxito. Fue un cierre amargo y doloroso, sobre todo por por el maltrato gratuito del sistema publico.


En septiembre de 2025 volvimos a poner rumbo a Brasil. Esta vez no era solo un viaje de vacaciones o para ver a la familia, íbamos con la esperanza de un nuevo intento de fertilidad allí. La verdad es que nos lo pasamos muy bien y disfrutamos mucho del viaje, pero el resultado volvió a ser negativo pero sin el maltrato psicológico. Fue un golpe duro ver que el intento era infructuoso, pero nos sirvió para cerrar filas y apoyarnos más que nunca.
De vuelta a casa, decidimos que la Navidad de 2025 tenía que ser especial para compensar el año. Ivie por fin se salió con la suya y tuvo lo que llevaba años queriendo: un árbol de Navidad que era, literalmente, más grande que ella.
Y si el año pasado ya fuimos la envidia (o el susto) de los vecinos con la iluminación, este año nos superamos. Convertimos nuestra casa en un faro que se veía desde el espacio.
Cerramos el 2025 con una escapada familiar en diciembre. Subimos con la familia de Ivie a Panticosa para disfrutar un poco de la nieve y de la montaña.
Diríamos que seria un viaje de esos de desconectar y disfrutar de estar juntos, si no fuese nuestra suerte, terminando en la carretera tensos y sudando.
Y ya entrando en 2026, nuestra Semana Santa no fue de procesiones ni de playa, sino de arrimar el hombro. Nos pasamos esos días ayudando a tope a la hermana y al cuñado de Ivie con los líos de su casa. Después de todo lo que nosotros pasamos con nuestras reformas, ya somos casi expertos, así que nos tocó ponernos para que ellos también pudieran ir dejando su hogar a punto.
Después de ayudar a todo el mundo con sus casas, nos tocó centrarnos en lo nuestro: ¡la boda! Pero claro, siendo nosotros, la cosa no podía ser normal. Entramos en un bucle de ideas «brillantes». Por un lado, Ivie se empeñó en que podía comprarse el vestido de novia en AliExpress. Tuvimos que tener varias sesiones de negociación intensas para convencerla de que jugársela quizás no era la mejor idea del mundo.
Por el otro lado, Alfonso sacó su vena más creativa: se le metió en la cabeza que no hacía falta comprar los anillos, que podía fundir él mismo los metales en casa y fabricarlos a mano. Costó lo suyo convencerlo para que no se pusiese a jugar con metal fundido sin quemar la casa nueva en el intento.
Al final, parece que vamos a llegar al altar con un vestido de verdad y unos anillos hechos por profesionales, que no es poco.

